Hoy inauguramos la mesa redonda de Alnouart. Una sección en la que os invitamos a compartir, intercambiar, proponer vuestras ideas, opiniones, inquietudes… En fin, un espacio de reunión en torno a la danza y otras manifestaciones artísticas.
Para empezar a animarnos, os proponemos la siguiente cuestión: ¿Qué nos empuja a bailar para el público?
Para introducir el debate nos gustaría recordar el mito clásico de Eco y Narciso en la versión que nos dejó Ovidio. Resumiendo muy brevemente, este mito nos cuenta cómo la ninfa Liríope dio a luz a un muchacho extraordinariamente bello al que llama Narciso. A su nacimiento, Liríope pregunta al oráculo por el futuro de su hermoso hijo; la respuesta del oráculo es que el muchacho tendrá una larga vida siempre y cuando no se conozca a sí mismo.
Al crecer, la belleza del muchacho despierta el amor de todas las muchachas y muchachos, pero él, soberbio a todos desprecia. Un día que andaba Narciso cazando ciervos por el bosque la ninfa Eco lo ve y se enamora de él. Eco había sido una ninfa muy locuaz que había entretenido con su conversación a la diosa Era para que otras ninfas pudieran huir de esta; en castigo, Era había condenado a Eco a no poder más que repetir las últimas palabras que oyera.
[1] Un cuerpo todavía Eco, no voz era, y aun así, un uso,
gárrula, no distinto de su boca que ahora tiene tenía:
que devolver, de las muchas, las palabras postreras pudiese.
Así, el día que Eco se enamora de Narciso, no puede expresarle su amor, tan sólo repetir sus últimas palabras.
Oh cuántas veces quiso con blandas palabras acercársele
y dirigirle tiernas súplicas. Su naturaleza en contra pugna,
y no permite que empiece; pero, lo que permite, ella dispuesta está
a esperar sonidos a los que sus palabras remita.
Por azar el muchacho, del grupo fiel de sus compañeros apartado
380. había dicho: “¿Alguien hay?”, y “hay”, había respondido Eco.
Él quédase suspendido y cuando su penetrante vista a todas partes dirige,
con voz grande: “Ven”, clama; llama ella a aquel que llama.
Vuelve la vista y, de nuevo, nadie al venir: “¿Por qué”, dice,
“me huyes?”, y tantas, cuantas dijo, palabras recibe.
385. Persiste y, engañado de la alterna voz por la imagen:
“Aquí unámonos”, dice, y ella, que con más gusto nunca
respondería a ningún sonido: “Unámonos”, respondió Eco,
y las palabras secunda ella suyas, y saliendo del bosque
caminaba para echar sus brazos al esperado cuello.
Fotografía de canon in d2 (Fuente: Flickr)
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